jueves, 11 de febrero de 2010

El suicidio

“Estás esperando que te roben el auto”, le dijo por enésima vez su mujer. Prefirió no contestar. Sabía que ningún ladrón con buen estado físico y dos dedos de frente caminaría casi doce kilómetros en subida para robar su vieja camioneta. Menos cuando el extenso terreno que rodeaba la casa tenía el pasto cortado al ras y a su hermoso dogo argentino  paseando por ahí.

Eso no le preocupaba. No era importante. No tenía ab-so-lu-ta-men-te ninguna importancia si se comparaba con lo que el día anterior le dijo su urólogo. “Sergio... –le dijo, mirándolo a los ojos con el entrecejo fruncido, el delantal impecablemente blanco y su dedo índice derecho golpeando, apenas perceptible, nerviosamente la superficie de su escritorio— Sergio, siempre se puede hacer algo y lo haremos ¡Tenemos todo a nuestro favor…!”. Tragó saliva  y continuó: “Te pido que tomes tu tiempo, que aceptes lo que tienes y junto a tu familia decidas empezar la terapia lo antes posible…”.

No tenía una clara visión de lo que ocurrió después. Pero fue un torbellino de incredulidad, pena y angustia y rabia, mucha rabia. Justo ahora. Justo ahora que había levantado cabeza: nueva familia, nueva mujer, su dulce hija, la fábrica, la tranquilidad de dormir abrazado, el nuevo sentido que tomaba su existencia… ¡Todo al carajo! Adiós erecciones y bienvenidos sondas, dolores, exámenes rectales y de los otros, visitas interminables a la clínica, adelgazamiento, cansancio, pobreza gradual e inexorable. Bienvenido sufrimiento, ¡ahora sí que del bueno…!

Tomó aire y su exhalación pareció un tremendo suspiro. Silenciosamente fue a su estudio, ubicó una antigua carpeta y extrajo el documento que buscaba. En el acápite “exclusiones” estaba el suicidio. Ni mujer ni hija recibirían peso alguno si llegaban a descubrir que se suicidó. Lo de fumar como lo hacía y lo del sobrepeso lo había mencionado, así que no era tema.

Un accidente. Tenía que pensar en un accidente lo suficientemente grave para matarlo y no dejarlo vegetal. Y sin víctimas inocentes. Y nada de cartas de despedida ni actitudes que pudieran apenas dar sospechas de su quehacer. Sería el “nos vemos” de todos los días con el beso rutinario a su mujer y el beso en la frente a su hija. No ojos vidriosos, no escenas dramáticas, ninguna señal que diera pistas a los inquisitivos empleados que la aseguradora se encargaba de enviar cuando de importantes montos se trataba.

Suspiró de nuevo. Con paso firme, que no era precisamente el que le distinguía, cruzó la casa y entró en la pequeña despensa donde guardaba su antigua llave inglesa. Afuera ni el aleteo de las langostas ni el ladrido lejano de un perro hacían notar el drama que se descargaría. El sol al zénit, en todo su veraniego esplendor, no hacía más que acrecentar su sofoco. Ya debajo de la camioneta comenzó primero a ubicar las mangueras del líquido de frenos y luego a soltar minuciosa y delicadamente las respectivas tuercas y golillas que mantenían el sistema sellado.

Hasta que lo escuchó. Un grito agudo rasgando su silencio, un golpe sordo y luego el ruido que produce el agua cuando es bruscamente asaltada.

Dejó todo tirado, corrió hacia la piscina y confirmó lo último que hubiera querido ver. Su hija de bruces, estática, su blusa levantada hasta el pecho, un zapatito huyendo de su cuerpo y una gran fumarola roja que envolvía su cabeza. El grito le salió del abdomen. “Juliaaaaaaaaaaa”, mientras se zambullía y distinguía al pequeño cristo que quería abrazar el fondo. Tomó el delicado cuerpecito, lo depositó en la caliente orilla y comenzó a insuflarle toda la vida que le quedaba en los pulmones. Su mujer sólo atinaba a llorar y gritar e implorar. “Trae una toalla, no, trae dos y rápido”, le dijo. Su hija recuperó color, pero no vida. De su pelo salía a borbotones la sangre. Con una toalla envolvió la cabeza y con la otra trató de preservar el recuerdo de la exquisita tibieza que ella le difundía cuando le abrazaba.

Embistió el viejo portón. Su mujer mecía el cuerpo de la niña como en los primeros meses. Y le cantaba una nana. Y ella apenas respiraba; lo que brotaban de su boca eran más bien callados e irregulares besitos de niña en sueño. El antebrazo de Julia, parte de su falda y pierna y zapato eran mudos testigos de cómo se le iba escapando la vida por el cráneo. Raudo, con el credo que nunca había estado en su boca, bajó hacia el pueblo.
Hasta que se enfrentó a la última y más cerrada curva que le restaba. Puso el pie en el pedal del freno. Lo presionó con todas sus fuerzas y sólo alcanzó a modular un ahogado grito.-

12 comentarios:

Von Rudy dijo...

No sé si lamento de verdad el romper la regla que yo mismo me coloqué: publicar una vez por mes algún relato. Tomen esto como un regalo de Navidad o de Reyes (tienen que elegir, lo siento) atrasado.

Alís dijo...

Se le coge pronto el gusto a esto ¿eh?
Me gusta tu entusiasmo.
Beso

Una mujer desnuda y en lo oscuro dijo...

Un placer leerte Rudy, mira, Alís me trajo por aquí... y me has dejado con un nudo en la garganta, tienes ese toque que a uno lo ata a leer hasta la última letra sin respirar... me gustó, me sacó de mis pensamientos por un momento sin darme cuenta, un placer, seguiré visitándote.

Nacho dijo...

Buen regalo este relato tuyo... nunca sabes cual va a ser la última en tomar.

Ya puedes tener una vida estable y feliz que nunca sabrás cuando se derrumbará como un castillo de naipes.

Abrazos.

H. Chinaski dijo...

Has empezado fuerte
Me gusta tu estilo de escribir. Directo y sin concesiones
Muy bueno

Supongo que lo de uno al mes era una broma ¿no?

Un abrazo

Lucía Corujo dijo...

Genial el texto. El final me ha encantado. Qué bueno que Alís te haya convencido, jeje.

Un saludo!

Sol dijo...

Ahhh pero buenooooooo!!!
Que me dio escalofrios... caramba!!!
Que relato Rudy... sera que Dios ni nos permite pensar en algo asi como el suicidio... que tiene nuestro destino preparado para nosotros...???
Un genial relato...
Que bueno que te decidieras a escribir, porque de verdad aplaudo de pie...
Mil besos cielo, llenos de luz para ti!!!
Buen fin de semana!!!

Albino dijo...

Un gran relato cargado de dramatismo, pero es que la vida también tiene sus momentos dramáticos que en ocasiones se acumulan o se suceden.
Gracias a Alis por ponerme sobre tu pista.
Un abrazo

Húayat . dijo...

Que irónico final, en todo caso me gustan mucho tus textos, espero seguir leyéndote. Un abrazo fraterno.
Salud-os desde mi prisma locuaz.

Alex y Denis: dijo...

¡QUE BUEN RELATO!... la verdad que muy interesante...te atrapa hasta el final... y es una historia muy poco común... se me hace de esas historias que nunca uno puede imaginar antes de que las lea. logras mantener al lector hasta la ultima linea. muy buena nos encanto!! esperamos mas relatos... saludos una abrazo grande.

Alex y Denis

Von Rudy dijo...

Alís:
Espero que mi entusiasmo persista o al menos el entusiasmo de la musa..

Una mujer desnuda y en lo oscuro:
Gracias por darme ánimo para seguir escribiendo. Ya es grato saber que logré captar el interés del lector.

Nacho:
Probablemente lo que surge de este relato es ese efecto dominó, que por extrañas razones en ocasiones golpea a todo un grupo familiar con una serie de calamidades. Dios nos libre de ellas!

Chinaski:
Me halagó mucho tu comentario. Gracias de corazón. Espero no defraudar con las próximas entregas que quisiera fueran más frecuentes de lo planificado.

Lucía Corujo:
Sí que hizo bien Alís en impulsarme a esto! Me ha ayudado a reencontrarme con historias que sólo giraban en mi cabeza sin ninguna materialización. ¿ Es el pensamiento materia? A ver si de eso puede surgir una historia….

Sol:
Me alegro que te haya gustado. Aunque creo que como va el mundo, el suicidio cada vez se hará una entidad más concreta y agnóstica.

Albino:
Agradezco y aprecio tu comentario. Creo que es de sabios recordar en los momentos dramáticos que después vienen momentos de felicidad.
Lamentablemente este juego también funciona a la inversa….

Von Rudy dijo...

Húayat:
Sí que es un final irónico. Y no veo una buena salida para ninguno de los personajes. Salvo para la compañía de seguros…

Alex y Denis:
¡Si llego a ser un escritor de renombre quedan contratados como críticos de mis obras! ¡¡De todas a todas!! Incluso podríamos generar una especie de joint venture, tan de moda hoy por hoy…